miércoles, junio 12, 2002

La decepción más grande de las últimas décadas

MIYAGI, Japón.- Hace muy poco, en las horas previas del debut de la Argentina ante Nigeria -algo que parece del paleolítico ahora que se abrió el dique de la desazón colectiva-, decíamos que ante tantos sueños existenciales insatisfechos del pueblo argentino, bien valía la pena un desvelo futbolístico a la distancia, frente a un televisor, por un equipo que en los últimos años venía captando adhesión y respeto. Pero con una rapidez inusitada tomó cuerpo una pesadilla en forma de eliminación, y así todo un país se contagió de la decepción más grande que sufrió el fútbol argentino en las últimas décadas. Sin la más mínima simetría entre las expectativas que despertaba el equipo y su corto vuelo oriental. Sin relación entre su condición de candidato y favorito y una despedida teñida de insistencia ofensiva, pero cubierta también de una impotencia lapidaria.
Hoy, luego del empate 1-1 con Suecia, cuando todavía hay mucha incredulidad y la salida del Mundial puede dejar atónito y sin respuestas a más de uno, este repaso apunta a ir desentrañando algunos interrogantes.

-¿Por dónde pasó la clave de la eliminación argentina?
-Le costó una enormidad resolver partidos en los que los rivales le cedieron la iniciativa. Los tres encuentros resultaron casi un calco: Nigeria, Inglaterra y Suecia se plantaron con un 4-4-2, que traducido significaba dos líneas de cuatro paradas en campo propio. Ningún rival le planteó un partido cara a cara, salió a devolverle ataque por ataque. Está claro que eso, en función de los resultados, dice muy poco, porque los que fueron conservadores y especularon hicieron su negocio, y el más generoso pagó caro su impotencia y escasa resolución en los últimos 25 metros. Para aquellos que aún confían en las bondades de un fútbol audaz, el catenaccio sigue gozando de buena salud. Este equipo solía someter a sus rivales, y acá sufrió con cada partido.

-¿Por qué la Argentina se quedó sin gol?
-Al conjunto de Bielsa se le atragantó el gol y eso permanecerá como el sello distintivo de su breve paso. Dos tantos, ambos de pelota detenida (un córner y un penal), son un reflejo muy deficitario para la eficacia que traía este equipo y para la búsqueda casi constante que lo guió en los 270 minutos. La intención de abrir por los costados a rivales que se cerraban prosperó en ocasiones, pero chocó repetidamente contra la falta de un destinatario para tanto centro o contra defensas europeas, como la inglesa y la sueca, que hicieron valer su poderío aéreo. Todo se fue uniendo: a la falta de remate argentino se acoplaron defensas muy bien organizadas, que no se equivocaron nunca, al igual que sus arqueros. Cualquier seguidor del Mundial advertirá goles en otros cotejos que se producen por errores o desatenciones. Bueno, la Argentina se estampó contra esquemas poco menos que perfectos.
Al margen de las virtudes ajenas, la Argentina se repitió en su mecanización, muchas veces se hizo previsible y recurrió poco a la solución improvisada de la gambeta, al cambio de ritmo, al toque como agente de distracción. Y la comunicación entre el funcionamiento y Batistuta o Crespo, los faros para terminar las jugadas, nunca estuvo aceitada ni fue el arma esperada.

-¿Cómo salen los jugadores de esta experiencia mundialista?
-Una gran mayoría, con el prestigio en baja. Previamente era muy poco lo que se les podía reprochar: no mostraron soberbia, fueron ubicados cuando quisieron empalagarlos con el favoritismo, se advertía camaradería y un buen clima de convivencia y todos estaban consustanciados con el proyecto del técnico.
Por si faltaba algo más, el plantel era consciente de que ésta era su oportunidad histórica por una cuestión generacional y la experiencia acumulada que la base traía de Francia `98. Con los partidos a la vista, las respuestas en el campo fueron tensas y de bajo relieve en quienes debían llevar el peso del equipo, salvo Aimar, el que más confió en su fútbol inteligente y agresivo.
Nadie quitó el hombro y todos trataron de contribuir a la causa, pero el equipo no alumbró al líder que hace falta para llegar a las alturas, como lo fue Kempes en el ´78 o Maradona en el ´86. No se encontró al hombre que contagiara, fuera por condiciones o por temperamento. No lo fue Bati, con su potencia ofensiva, ni Verón como supuesto termómetro futbolístico. En ese sentido, a la Argentina se la vio despersonalizada.

-¿Influyó venir de banca o es preferible ser punto?
-Un tema que siempre da que hablar. El seleccionado, si bien nunca se trepó a ninguna ola triunfalista previa, tampoco daba muestras de sentirse incómodo por la alta consideración de que gozaba en el ambiente futbolístico. Debía cargar con este peso y con el de un país que lo eligió para distraerse de penurias cotidianas. Asumía una gran responsabilidad y para ello hacía falta mucha fortaleza de mente y espíritu, que además debía cicatrizar la herida emotiva que le provocó Inglaterra. Cargó con dignidad con ese legado, pero se privó de romanticismo aventurero. Estuvo atado y muchas veces parecía huir hacia delante como acto reflejo.
Venir de punto y cuestionado no sólo es algo que la idiosincrasia del argentino no rechaza, sino que sirve para extraerle lo mejor en cuanto a rebeldía y orgullo. El mejor ejemplo es el del vilipendiado seleccionado que antes de ser campeón en el `86 llegó a México bajo una lluvia de cuestionamientos.

-¿Cuál es la responsabilidad de Marcelo Bielsa?
-Medida en términos de profesionalismo, dedicación y honestidad deportiva, ninguna. Lo condena el resultado, pero lo redime la nobleza de su propuesta. Nunca puso excusas ni chivos expiatorios. Su concepción tan cerebral y sistemática del fútbol recortó una cuota de lirismo que quizá le hubiese servido al equipo para soltarse más dentro del campo.

Sólo se comprometió con lo que creía que era lo mejor para el equipo, y por eso no dudó en sacar a Verón, Batistuta y Simeone. Una rotación que demuestra que el equipo que venía tan bien armado, nunca terminó de aparecer del todo en tierras orientales.

viernes, junio 07, 2002

Dolor profundo

MIYAGI, Japón.- La zona mixta del estadio de esta ciudad comenzó a poblarse de huellas de la honda frustración del plantel argentino. El primero en encarnarlas en ese momento fue Germán Burgos, que llegó cubierto por una bandera celeste y blanca; cerca de él, con una expresión igual de cumpungida caminaban hacia la salida Javier Zanetti y Juan Sebastián Verón.
Palabras más, palabras menos, en las expresiones de todos se pudo leer lo mismo: antes que nada, una desilusión apabullante, una herida profunda. Después, la sensación de haberlo dado todo, de haber merecido mucho más que el destino de irse con las manos vacías, y que faltó una ayuda de la suerte para conseguirlo.
Verón intentó razonar sobre lo que le resultaba inescrutable. "¿Qué nos pasó? Nos pasó un tiro libre... Porque después fue algo inexplicable. Pienso que se vio en la cancha: jugamos muy bien y creamos muchas situaciones de gol, pero no ligamos . Igual, tenemos que estar tranquilos, orgullosos porque se dejó todo. Siempre habrá algo para analizar, pero creo que el equipo hoy tuvo respuestas. Creo que faltó suerte, también; otros, con mucho menos, la tuvieron más que nosotros", dijo la Brujita.
Surgió la ineludible referencia a la decepción por no haber respondido a las expectativas que se guardaban en la Argentina. Verón lo reconoció: "Nosotros nos sentimos identificados con ellos y ellos con nosotros. Por ahí, sí, nos queda pedir perdón porque no pudimos darles esa alegría que esperaban".
Poco después llegó Juan Pablo Sorín. Los ojos enrojecidos y casi entrecerrados lo decían todo sobre su procesión interior. No tuvo problemas en admitir qué había vivido en el vestuario. "Mucho dolor, mucha tristeza, mucho llanto. Fuimos los protagonistas de este proceso y queríamos llevar esa ilusión del pueblo argentino a la realidad. Sentimos lo que cualquiera puede imaginar: estamos hechos m..., no hay palabras para decirlo. Ojalá la gente sepa reconocer el esfuerzo, pero nos vamos decepcionados porque queríamos llegar a mucho más."
No le era fácil trazar un repaso del partido, pero lo tenía claro: "La Argentina fue el único protagonista. Siempre fuimos al frente; demostramos que quisimos ser más que un buen equipo: una selección que siempre va a buscar los objetivos siendo protagonista. Nos quedamos afuera, pero de pie, con la frente alta. ¿Qué nos faltó? Es difícil... La derrota con Inglaterra fue dura, nos marcó, pero reafirmó que la Argentina siempre fue protagonista. Si hay que decir algo, faltó el gol, tanto en ese partido como en éste".
Uno de los que menos pudo disimular la tristeza fue Claudio López. El Piojo también mostraba señales de llanto y parecía quebrarse en medio de cada frase. "Esto es triste, pero ya pasó. En el vestuario no había mucho lugar para palabras. ¿Qué le puedo decir a la gente? No sé, no encuentro las palabras. El malestar que vivimos hoy nos va a durar mucho tiempo. Con las ilusiones que ellos se hicieron con este equipo, haber quedado afuera así no es fácil de digerir", dijo.
La pesadumbre le bajó tanto el volumen de voz que casi no se lo escuchaba a Javier Zanetti. "Estoy orgulloso de formar parte de este grupo, porque dejamos todo. Así es el fútbol; lamentablemente, esto termina acá, pero no nos guardamos nada. ¿Qué faltó? Suerte. No se dio y nos duele. Es muy fuerte para el pueblo argentino, para nosotros, para todos. Ahora hay que seguir adelante", expresó. Se le preguntó qué les había dicho Marcelo Bielsa en el vestuario: "Nos agradeció y nos dijo que no nos podía reprochar nada", afirmó el volante.
Pablo Aimar se quejó por la actitud de los rivales y rescató la de la Argentina. "Les está yendo bien a los equipos que especulan. Qué se le va a hacer... Nosotros hicimos todo lo posible para ganar y fuimos al frente. Estamos tan mal como sabemos que está la gente. La tristeza es grandísima, porque no merecemos irnos del Mundial."
Algo parecido decía Claudio Caniggia. "Claro que es una frustración haber quedado afuera. Era la zona más difícil, pero la Argentina estaba en condiciones de superarla. Para mí fue doble frustración, porque sabía que trabajando como trabajé podía llegar bien. Me queda una doble frustración porque no participé en el Mundial", comentó.
Diego Simeone tampoco ocultó la desazón: "Sentimos una desilusión enorme por no haberle podido darle una alegría a la gente. El equipo intentó, buscó y no se le puede acusar de nada por el juego que hizo. La Argentina tuvo un estilo durante todo el ciclo Bielsa, y nunca lo traicionó. En cuanto a mí, sé que es dificilísimo que esté en otro Mundial, pero ahora no se puede mirar tan adelante. Ahora importa el presente, y el presente indica tristeza".
Y Pablo Cavallero pensaba en todo lo bueno que se hizo en los últimos años y lo poco que se cosechó: "Hicimos lo imposible por sacar esto adelante, por aportar seriedad y honestidad en estos cuatro años que nos tocó vivir juntos. Y bueno, Dios nos pagó de esta forma, qué se le va a hacer..."

Primera desilusión. A ganar o ganar contra Suecia

SAPPORO, Japón.- Por si aún no se había enterado, el Mundial le acaba de informar a la Argentina de qué se trata el Grupo de la Muerte. Le hizo sentir los primeros escalofríos, le provocó temblores desconocidos, le revirtió el cuadro de situación que había quedado tras el debut triunfal ante Nigeria.
Aquello que era una clasificación encaminada, ahora es un futuro de incertidumbre, que sólo se resolverá con un triunfo ante Suecia. La Zona F se anunciaba como una brasa ,y el seleccionado empieza a lamerse las heridas de su primera derrota, que por exigua no deja de ser justa.
Porque surgió esta Inglaterra con unas evidentes ansias de desquite por la eliminación del 98, con una notoria motivación para jugar a cara de perro y hacer un partido de acuerdo con sus conveniencias.
Sin necesidad de redondear un rendimiento que llenara los ojos, los británicos contaron con argumentos de peso. A saber: individualidades influyentes, como Owen, un rayo mortificante para las defensas, y Scholes, el coloradito de Manchester que es un gran ordenador del juego por ubicación en el medio y justeza en el pase corto y largo; astucia para apelar al pelotazo desde la salida y evitar la presión que la Argentina suele ejercer sobre el rival en su campo, y una rigurosidad defensiva que impidió que nuestro seleccionado pusiera un hombre cara a cara con el seguro Seaman en toda la noche.
Aun en un día desteñido, con desperfectos en todas sus líneas, la Argentina inspiró en Inglaterra el respeto que sólo se le dispensa a los adversarios de gran porte.
Porque los británicos se fueron enamorando de una victoria histórica y en los últimos 25 minutos archivaron cualquier vestigio de audacia, ésa que al menos habían mostrado en el comienzo del segundo tiempo con algunos contraataques que casi le permiten liquidar el pleito, para amurallarse cerca de su área y defender con alma y vida. La atracción por ponerle un candado al 1-0 se hizo tan irresistible, que a 10 minutos del final ingresó un defensor, Bridge, por Owen.
Si bien estaba desacostumbrada a las derrotas -no era vencida desde el 26 de julio de 2000, por 1-3 ante Brasil-, el trago amargo llegó con un síntoma infrecuente para la Argentina: la impotencia. Para casi todo: para jugar, para imponer el ritmo, para que su aceleración abriera caminos, para rebelarse contra la caída; hasta en el plano físico, rubro en el que el seleccionado normalmente se hace respetar, se vio superada por el anticipo y el arranque más explosivo del rival.
Como pocas veces le pasó a un equipo habituado a establecer las condiciones del partido, la Argentina quedó a remolque del plan inglés. Esta vez, el tejido colectivo se rompió por las deserciones individuales. A la cabeza de todas figura la de Verón, que completó uno de los peores encuentros que se le recuerde con la camiseta nacional (erró muchos pases y expuso al equipo a peligrosos contraataques).
Técnico que se fija más en las necesidades de su conjunto que en los pergaminos de los jugadores, Bielsa no dudó en reemplazar a Verón por Aimar, que le dio más vuelo y variantes al avance, aunque el repliegue británico dejaba pocos resquicios. El sacrificio de ilustres siguió con Batistuta por un Crespo absorbido enseguida por la marca. La entrada del Piojo López por el Kily González no encontró espacios para el pique y el desborde. Quizá teniendo en cuenta que el centro desesperado iba a ser el recurso más usado, no hubiera estado de más juntar a Bati con Crespo para la lucha cuerpo a cuerpo en el área.
La vía heroica del final, variable a la que en otras ocasiones apeló con buenos réditos, tampoco salvó al seleccionado. Así, en un estadio cubierto por una imponente mole metálica, la Argentina quedó bastante lejos de su techo.
Queda Suecia como único y complicado atajo para enderezar otra vez hacia el cielo y esquivar el acechante infierno.

domingo, junio 02, 2002

Paso firme

IBARAKI, Japón.– En el que es considerado el Grupo de la muerte, la Argentina empezó a transferirle la soga al cuello a los demás. Por mérito propio, como lo fue el justificado triunfo ante Nigeria, y por el indirecto beneficio del empate entre Inglaterra y Suecia, el seleccionado no demoró en instalarse en lo más alto y si repite la victoria ante los ingleses pasará de rueda, mientras el resto ya achicó el margen de error, que en caso de reincidencia lo conducirá al abismo.

No se trató de ningún estreno soñado o de un rendimiento superlativo, pero sí una presentación con lo que hacía falta: personalidad, postura y juego para ser superior a un rival apichonado y emboscado en su campo y autoridad para no ceder casi nunca la iniciativa, aun en los pasajes del primer tiempo en los que pareció desconectarse del partido.
Para los perseguidores de grandes y continuas emociones que en la madrugada argentina siguieron el encuentro por televisión, es probable que el partido les haya arrancado algún bostezo en la primera etapa o que en la lucha contra el sueño haya habido alguna claudicación. Muchos más despiertos, los casi 35.000 espectadores que estuvieron en el estadio del Kashima también reaccionaron en varios pasajes con indiferencia, traducida en un silencio que permitía escuchar los gritos de los jugadores hasta desde la segunda bandeja del imponente escenario.
En síntesis, la Argentina hizo de su debut un trabajo sobrio en la defensa, convincente en la zona media y efectivo en el ataque sólo por insistencia, no por contundencia para sacar provecho dentro del área. Fue una prueba más de la adultez competitiva de este seleccionado, ya demostrada en ocasiones menos trascendentes, y ratificada sin complejos en su primera exposición mundialista.
La rueda del Mundial se echó a rodar y el clásico cercano ante Inglaterra, del viernes próximo, la acelerará casi como ningún otro choque de esta etapa clasificatoria. Mientras se espera ese momento de alto voltaje, el cotejo con Nigeria deja paso a un análisis reposado sobre lo bueno, que es el material más abundante, y lo que queda por corregir.

LO BUENO
Respuesta inmediata ante el imprevisto: la lesión de Ayala a minutos de arrancar el encuentro era uno de esos percances que pueden desacomodar en lo mental y en lo colectivo. No ocurrió nada de eso. La defensa se ordenó bien, con Samuel en el centro -en esa posición en Roma- y Placente sobre la izquierda. Salvo alguna desprolijidad de Pochettino, la última línea dio firmeza y seguridad. Esto demuestra el alto nivel de recambio del plantel, pese a perder a su capitán y referente defensivo.
Un mediocampo que cubre la cancha: los volantes tuvieron movilidad y alta participación. Cada uno con sus características; Zanetti, con su potencia física incontenible; Sorin, con su notable capacidad para aparecer por sorpresa en el ataque y no desatender sus obligaciones defensivas; Simeone, a lo Cholo, con garra y empuje, y Verón, con esa facilidad para encontrar al compañero mejor ubicado, mostrarse como auxilio y hacer pesar su pegada (la parábola de su córner en el gol de Batistuta fue impecable).
Batistuta, en el momento justo: viene de una floja temporada en Italia y la competencia con Crespo se le hizo más ardua, pero Bati, por si hacía falta, demostró que es un goleador de raza y de alma. La selección lo motiva como pocas otras cosas. Y éste no es un Mundial más en su carrera, al tratarse del último.
Un equipo acostumbrado a mandar: podrá jugar un poco mejor o peor, pero son pocas las veces en las que este seleccionado deja de ser superior a su adversario. Si no lo consigue con fútbol, lo hace con presencia. Y si no lo logra con precisión, lo cristaliza con perseverancia.
Los suplentes se ponen a la par de los titulares: entró el Kily González por el Piojo López y fue un revulsivo en el sector izquierdo; ingresó Crespo por Batistuta y también merodeó el arco con peligro; Aimar reemplazó a Verón y dejó apuntes de su clase. El seleccionado vale por los que entran, pero también por los que esperan su oportunidad.

LO MALO
Hace diez días, Bielsa había hablado de falta de fineza en los gestos técnicos y en la terminación de las jugadas. El déficit no está erradicado. Hubo pases mal dados, tendencia a caer en el pelotazo largo y a dividir, y falta de clarividencia en el último toque para que dentro del área ganara casi siempre el despeje de Nigeria, muchas veces a través del casi impasable arquero Shorunmu. Ayer, la Argentina no terminó lamentándolo, pero en un partido más cerrado o ante rivales más empinados deberá ajustar la definición.
Pese a que no pasó complicaciones para controlar a Nigeria, igual sufrió dos amonestados: Samuel -quizá víctima de la disparidad de criterios que aplicó el francés Veissiere- y Simeone, quienes por la función que tienen están más expuestos a recibir tarjetas amarillas. Si acumulan dos durante la etapa clasificatoria, deberán cumplir una fecha de suspensión. De todas maneras, el seleccionado se ha llevado bastante bien con la disciplina: hace 31 encuentros que no tiene expulsados.

ESTADÍSTICAS:
Posesión de la pelota : Argentina 55%; Nigeria 45%
Remates : Argentina 20; Nigeria 7
Remates al arco : Argentina 9; Nigeria 2
Foules : Argentina 16; Nigeria 20
Córners : Argentina 11; Nigeria 4
Off sides : Argentina 1; Nigeria 3
Amonestados : Argentina 2, Nigeria 1
Jugador que recibió más faltas : Ortega yOgbeche, con cuatro
Jugador que cometió más faltas : Pochettino y Ogbeche, con cuatro

martes, junio 30, 1998

El concepto se fue al tacho

(04-07-1998) MARSELLA. Dignidad, orgullo, coraje, corazón... Son palabras que encierran conceptos importantes y que a esta hora suenan como vacías. Porque se las come la imagen de una Argentina que se olvidó de todo. Y lo único que hizo, en ese segundo tiempo que dio pena y bronca al mismo tiempo, fue meterse en su área. Y esperar que no explotaran Bergkamp, Kluivert, Overmars o cualquiera de esos hombres de camiseta naranja que jugaron un partido por el Mundial como se debe: con convicción, temple y una irrefrenable ambición por ganar.
Por eso, con todo lo antipático que suena, el partido no podía terminar de otra manera que con el triunfo de Holanda. Porque Argentina había decidido, en el segundo tiempo, olvidarse de pelear por el triunfo y apostar a la supervivencia. A que el tiempo pasara, a que los penales lo pusieran en la semifinal, a que un rival se equivocara.
Pero Holanda, que comenzó con terribles errores defensivos, cada vez se equivocaba menos. Porque Davids era un motor en el medio; porque Jonk aportaba criterio, claridad y el pase justo; y porque del medio hacia arriba la Naranja era mecánica. Tocaba y tocaba con precisión, con velocidad, con... En fin, con toques de billar, por definirlos de alguna manera.
Frente a eso, el equipo de Passarella defendía con cinco jugadores. Y todos colaboraban en retrasarse y meter pierna para neutralizar. Ya nadie, es una obviedad decirlo, ponía un poco de corazón para ayudar a Ortega. Que pedía la pelota, amagaba, frenaba, engañaba holandeses y recibía demasiadas patadas. Solo contra el mundo.
Pero las tardes de fútbol dan oportunidades. Y Argentina las tuvo. La más excitante llegó con ese palazo de Batistuta que pegó en un poste cuando la superioridad de los europeos era casi violenta.
Porque si Argentina nunca logró jugar bien en este partido, lo claro, también, es que fue de más a menos sin freno. En el primer tiempo quiso pelearles un poco el partido a los holandeses. Y después de ir perdiendo, empató: eso fue una muestra de que se podía. Aunque fuera difícil, aunque el equipo de Hiddink jugara bien. Pero hubo un momento en el cual la Selección dijo basta. Y lo lamentable fue que todavía faltaba un tiempo para terminar el partido, cuarenta y cinco minutos para intentar seguir en el Mundial. Jugar mal se puede, siempre es una posibilidad. Lo que no se concebirá jamás será el dejar de intentar.
La verdad es que si el triunfo de los holandeses tardó en llegar fue porque les faltó profundidad y porque aunque juegan bien son mucho menos perfectos de lo que los imaginó Passarella. Que quedó eliminado del Mundial mucho antes de quedar eliminado: cuando tiró todos sus conceptos al tacho de basura y les pidió a sus jugadores que aguantaran y rezaran.

El desahogo llegó tras los penales y la angustia

SAINT-ETIENNE.- Era de esperar que para la Argentina se acabara el Mundial del trotecito, de los triunfos por presencia y portación de nombre en un grupo clasificatorio que fue de prácticas oficiales. Hubo un cambio radical y se le vino todo encima. Aumentó la exigencia y también irrumpieron el sufrimiento y la angustia. Es ínfima la frontera entre el todo y la nada. El no poder con un hombre más durante 75 minutos, el cansancio, el rezo, la imploración, el desahogo que se hace desear. La suerte de cuatro años de preparación jugada a cara o ceca en la lucidez de un remate o en la intuición de un arquero. Como en toda situación extrema, hace falta un héroe, un salvador. Y aparece Lechuga Roa para llevarse los laureles. Como en el Mundial Ô90, la Argentina sube con los penales.

Sin ninguna lógica
Hubo varios partidos de fútbol en 120 minutos imprevisibles. Desconcertantes por momentos; atrapantes siempre. El partido no tuvo regla ni lógica. Hubo corazón, atrevimiento, confusión. El encuentro le saca letra a la táctica y le da cuerda a los sentimientos.Se juega en la cancha y en las tribunas. Está para cualquier cosa. Se puede definir por alguna genialidad de Owen -el distinto a todos por velocidad y clase-. Por alguno de los tantos desatinos del árbitro Nielsen -alucinó faltas que no existieron, como los dos penales que sancionó, e ignoró el manotazo de Chamot a la pelota dentro del área, para evitar el cabezazo de Shearer. Por la incomprensible sustitución de Batistuta para darle lugar a un Crespo que no pudo disimular su larga inactividad por lesión. Por un Ortega que abría huecos entre los mastodontes ingleses; que se equivocaba, sí, pero en muchas ocasiones por falta de compañía. Por el empuje desprolijo de la Argentina. Por los zarpazos que sacaba ese león herido que era Inglaterra.
A los 5 minutos ya teníamos la avivada de un nuevo Diego, como en el ´86. Simeone se enganchó solo con Seaman y completó el arte de la simulación con la zambullida. Todo ficticio, pero real para el juez danés. Batistuta dobló las manos de Seaman con el penal, pero el 1 a 0 no es tranquilidad. Cinco minutos más tarde, Owen fue otro cultor del engaño. Voló sin que Ayala lo tocara. La potencia de Shearer señaló el 1 a 1.
Cuando la Argentina empezaba a aburrir con los pelotazos, el juvenil Owen devolvió una genialidad digna de Maradona. Arrancó en el círculo central y le puso la quinta velocidad a su gambeta. Imparable para Chamot, Ayala y Roa. Un golazo.
Todo se daba vuelta y hasta sobrevoló la sentencia con un tiro cruzado de Scholes. El equipo era puro nervios adelante. Ortega no podía hacer todo; Verón no aparecía; Batistuta y López no se entendían ni por señas.
Igual, la Argentina atropellaba por tumulto. Hasta que logró algo vital: no irse al descanso con el peso de una derrota. Tiro libre en tiempo de descuento. Jugada preparada para que Zanetti pase por detrás de la barrera y defina con un zurdazo cruzado. Bondades del pizarrón de la semana.
De arranque en el segundo tiempo, Beckham responde con un puntapié a una provocación de Simeone y se va expulsado. El desequilibrio numérico no se refleja en el desarrollo. Passarella patea el tablero al reemplazar a uno de los goleadores del Mundial. Con Gallardo, el equipo busca agruparse en el toque, pero sin claridad. Queda la sensación de que la Argentina deja pasar una gran oportunidad por falta de decisión e ideas. Ya en el suplementario, Ortega no puede levantar las piernas. Hay penales. Hay incertidumbre. Agonía cuando erra Crespo. La resurrección la trae Roa al tapar los remates de Ince y Batty. La Argentina sigue en el Mundial. Con poco fútbol, la emoción al tope y mucho de suspenso.


Lo bueno
La clasificación argentina para cuartos de final, que mejoró lo hecho en los Estados Unidos. Aun sin gran consistencia, el equipo sigue siendo candidato para luchar por el título.

Lo malo
El seleccionado no aprovechó los 75 minutos que jugó con un hombre de más. El capricho de Passarella en sacar a Batistuta e impedir que se juntara con Gallardo y Ortega.

Lo lindo
El clima que hubo en las tribunas. El estadio Geoffroy Guichard tuvo una gran efervescencia por los cambios en el resultado y los cánticos de los argentinos e ingleses.

GOLES:
1er tiempo: 6m, Batistuta (A) de penal; 10m, Shearer (I) de penal; 16m, Owen (I); 45m, Zanetti (A).
Penales: Para Argentina convirtieron Berti, Verón Gallardo y Ayala, Seaman contuvo el remate de Crespo. para Inglaterra marcaron Shearer, Merson y Owen, Roa atajó los disparos de Ince y Batty.

viernes, junio 26, 1998

Este es un equipo en serio

BURDEOS, Francia.- Este seleccionado es la fuerza de la solidaridad. La gente se identifica y se une en cánticos viejos, pero de esperanza imperecedera: "¡Volveremos a ser campeones, como en el ´86...!", o "¡Dale campeón!". Es el tercer triunfo consecutivo, el primero ante un rival (Croacia) que no se da por hecho con sólo estar en el Mundial, como ocurrió con Japón y Jamaica. En la cancha, once futbolistas le ponen significado a la palabra equipo. Solidez para no dejar nunca a un compañero solo. Espíritu de lucha: marcan los especialistas y también aquellos a los que les gusta más recibir la pelota que andar corriendo rivales, como Batistuta, Gallardo y Verón. No importa, se sacrifican por... el equipo. La Argentina fue un bloque compacto de mente y cuerpo. Saca provecho de una premisa que ya le dio la octava victoria consecutiva: asegurar el cero en el arco propio, porque adelante siempre aparecerá alguien para hacer tres puntos de una jugada. La generosidad del funcionamiento está para que alguien impensado como Pineda se convierta en definidor. Es la fórmula del triunfo que maneja este seleccionado: no dejar que el rival haga y construir lo propio entre todos. Nunca aceptará cambiar ataque por ataque. No entrará en esa ruleta rusa.
En las tribunas, no menos de 20.000 argentinos recrean la coreografía de cualquier cancha de nuestro país. Infinidad de banderas, el celeste y blanco en todos los rincones. Sólo el aspecto de coliseo romano del estadio Lescure advierte que la Argentina está a miles de kilómetros. Sólo geográficamente, porque el fútbol y los sentimientos hacen de Burdeos una postal cercana a Buenos Aires.
Primera virtud de la Argentina: pese a las cuatro variantes, no perdió la identidad. Mantuvo el orden y el entendimiento entre las líneas. El recambio le dio lugar a alguien muy pedido: Gallardo, que no desperdició su primera oportunidad de titular. Dentro de un partido bastante cerrado, y jugado con mucho fastidio por los croatas en cada roce y fricción, el volante de River impuso su sello. Panorama y toque en aceleración. Movilidad y destino seguro para la pelota. No deslumbró, salvo cuando se le escapó a Bilic y a Simic y remató apenas desviado. Pero plasmó sus recursos técnicos en un encuentro decididamente volcado hacia la lucha.
De arranque pareció que Croacia le daría a la Argentina más problemas de los que realmente le creó. Suker le ganó en el salto a Vivas y cabeceó apenas desviado. Fue un aviso y nada más. A la cancha empezaron a sobrarles las áreas. Veintidós hombres se apretujaban en 60 metros y los costados quedaban vírgenes. Se multiplicaron los foules y todos se quejaban por los golpes.
De a poco, la Argentina demostró que era más compacta. Croacia, cada vez jugaba menos y se enojaba más con el árbitro. El manejo prolijo de Boban moría en las inmediaciones de Ayala.
Por momentos se notaba que los dos estaban clasificados por la falta de decisión para atacar. Pero la Argentina también sabe jugar al distraído: entre la presión de Pineda y Verón se recuperó una pelota en la mitad de la cancha. Siguió Gallardo, Ortega cruzó la pelota y la cabeza involuntaria de Simic trazó un pase exacto para que Pineda definiera de zurda.
Con la entrada del Piojo López se intentó explotar los espacios que dejaría Croacia. La victoria argentina nunca corrió riesgo, salvo cuando un tiro de Vlaovic sacudió el travesaño. En los últimos minutos se resignó la iniciativa porque ya no estaba Gallardo.
La Argentina pasó bien el examen más difícil de su zona. Ahora, a partir de los octavos de final, vendrá la hora de la verdad. Y la Argentina mostró argumentos para no ser desmentida con facilidad.


GOLES:
1er tiempo: 36m, Pineda

domingo, junio 21, 1998

La goleada sirvió para dar un envión de confianza

PARIS.- No debe haber mejor golpe de efecto que la descarga de una goleada en unos pocos minutos. Y mucho más si coincide con el final del partido. Se apodera de todas las sensaciones, porque la fuerza de los goles es la mayor de todas las razones. Es una ráfaga de contundencia que relega cualquier otro concepto global. Tapa errores y disimula dudas -que los hubo-. Hace olvidar lo malo y potencia lo bueno. La goleada es la dueña de la historia e impone sus reglas, al menos durante 90 minutos ¿Acaso hubo alguno de los miles de argentinos que ayer estuvieron en el Parque de los Príncipes que no le levantarían un monumento a Batistuta y a Ortega a orillas del Sena? La goleada también es exageración e ilusión.
La Argentina estuvo estacionada en buena parte del encuentro y se destapó con un final de fiesta. Aceptó la invitación de una Jamaica fácil de conquistar y la sacó a bailar. Los Reggae Boyz ofrecían su pista de espacios libres y sin derecho de admisión. Especialmente después de que el custodio de Ortega, Powell, fue despedido por maltratos. Los diez que quedaron para el segundo tiempo fueron franqueando lentamente el acceso. Y así pasaron todos. Especialmente si se trababa de Bati o del Burrito, dos personajes VIP en el área reservada para el arquero Barrett.
Para la Argentina terminó siendo más sencillo que una de las prácticas de L´Etrat. Nunca está de más regalarse una goleada, sobre todo con el antecedente del apretado debut. Sirve para reforzar la confianza en las fuerzas propias. Por la contundencia, por la clasificación asegurada para los octavos de final y por verse primero en el Grupo H, gracias a la diferencia de gol sobre Croacia.
Porque Ortega, en la primera etapa, con un toque de derecha tras una perfecto pase de Verón, destrabó un encuentro que, aunque parezca mentira a la luz del 5 a 0, no era una agradable excursión parisina para los muchachos de Passarella. Porque Batistuta no podía dejar pasar esta oportunidad ante un rival tan permeable a su potencia. Parecía un acto de indulgencia con los jamaiquinos que Bati no hubiera marcado cuando al cotejo le quedaban poco más de 15 minutos para el final. Pero en 11 minutos, entre los 27 y los 38, le puso su rúbrica a la goleada y se convirtió en hombre-récord.
Fueron cinco, pero la cuenta pudo estirarse más. Fue una goleada, hija de la contundencia y prima lejana de una gran actuación.
Hay que ubicar esta victoria holgada en su contexto. Jamaica carga con las limitaciones y la inocencia de su fútbol apenas nacido. La Argentina corrigió un defecto visto ante Japón: se paró más adelante en el campo, con Simeone en función definida de volante y sin tantas obligaciones de correr para atrás. De arranque, el equipo mostró una actitud más decidida. Jamaica perseguía con marcas individuales a todo lo que se moviera en su campo. Mientras, el seleccionado cedía la iniciativa y se complicaba con los piques de Hall. Cuando empezaba a correrse el riesgo de que Jamaica se animara más de la cuenta, Verón y Ortega pegaron ese innegable salto de calidad que hay entre los dos equipos.
Powell descargó su bruta impotencia sobre las piernas de Ortega y a Jamaica le esperaba un segundo tiempo con un hombre menos. Demasiado. Especialmente cuando el técnico decidió mantener dos delanteros con la entrada de Boyd. Ya nadie siguió a nadie y todos miraron y sufrieron cómo Ortega, Batistuta y compañía armaban un gol hasta de la jugada más insignificante. Bati ajustició con dos derechazos cruzados y el jujeño con otro toque, ahora de zurda.
En el anuncio de ayer se habló de una clasificación cantada. Se agregó un baile de selección. Valioso si se toma conciencia de que esta pieza no se repetirá más en las próximas funciones del Mundial.


Lo lindo
Sin duda, lo mejor de Jamaica estuvo en las tribunas, con su color amarillo omnipresente y la cadencia del reggae. Miles de argentinos compartieron pacíficamente las tribunas con ellos. Antes, bailaron juntos en las calles aledañas al estadio. Esta vez hubo muchas más banderas nacionales que en el debut en Toulouse.

Lo bueno
El seleccionado consiguió la clasificación para los octavos de final con una goleada y un final a toda orquesta. Batistuta y Ortega fueron una pareja terrible. Combinaron fútbol y potencia. Jamaica empezó con un montón de marcas individuales y terminó rendida.

Lo malo
Ya parece una constante: la lesión de Sensini. Ante Japón fue una luxación en el anular izquierdo y ayer dejó la cancha prematuramente, a los 24 minutos, con un fuerte dolor en el muslo izquierdo. Es una baja muy importante por la seguridad y experiencia que le da a la defensa.

Lo feo
La advertencia de la FIFA a la Argentina porque no todos los jugadores de la Argentina pasaron por la zona mixta (sector de entrevistas). No cumplieron con una disposición obligatoria. Así, el seleccionado demostró que quiere mantener su postura dura y esquiva con el periodismo.

GOLES:
1er tiempo: 30m, Ortega
2do tiempo: 10m, Ortega; 27m, 33m y 38m (penal), Batistuta

domingo, junio 14, 1998

Solo un golazo y nada más

TOULOUSE, Francia.- Desconocer el valor del triunfo sería tan necio como ignorar la bondad que tuvo el sorteo al poner a Japón como obstáculo del debut. Exagerar la importancia de estos tres primeros puntos sería tan equivocado como pensar que no hay nada por mejorar.
La Argentina arrancó el Mundial con la victoria esperada y un ritmo de práctica impensado. Más que fabricarlo, que construirlo cuidadosamente, el éxito le salió como pudo. Apretado al comienzo y apurado en el final, más cerca del harakiri que de la fiesta.
De tan atado, al seleccionado se le soltó apenas un gol y pocas cosas más. Sólo la categoría internacional de Batistuta y Sensini, quienes le demostraron al primerizo Japón que la experiencia de haber jugado mundiales es algo más que materia de charla con amigos y familiares. Sirve para ganar encuentros complicados (en este caso, más por indolencia argentina que por méritos rivales). Bati se ganó el jornal: definió, con un toque sereno, un partido en el que a la Argentina le quedó muy lejos el arco del siempre atento Kawaguchi. Para Sensini, anticipar, esperar o cerrar le daba lo mismo: siempre devolvió la pelota al campo japonés.
Un mérito del seleccionado en la teoría: no salió a lo loco, no fue un torbellino de confusión. Un error en la práctica: sólo tocó para permitir que Japón se armara y ocupara bien los espacios en la defensa. La supuesta tranquilidad derivó en una actitud floja, demasiado relajada.
Japón esperó y respetó. ¿Alguien imaginaba otra cosa?; seguramente no. La Argentina se movía con lentitud y sin sorpresa. ¿Alguno pensaba encontrarse con otra cosa? Desde ya que sí.
Hay un concepto que forma parte del diccionario cotidiano de Passarella: volumen de juego. Bueno, ayer, los decibeles que le sacaron a la pelota fueron bajísimos. Con un Ortega insólitamente poco comprometido con el desarrollo. No desequilibró por peso individual ni por asociación colectiva; que haya generado varios tiros libres es sólo una pequeña porción de lo que puede ofrecer el jujeño. El seleccionado lo extrañó y el auxilio no surgió de ningún otro hombre. Aun con la crisis de conducción que mostró el equipo, Passarella se resistió los 90 minutos a incluir a Gallardo. El problema no era tanto conseguir la pelota, sino utilizarla bien. Faltaron criterio y profundidad. Gallardo podía ser la solución a la que no se recurrió.
Si no fuera porque se trataba de un Mundial y del clima colorido y bullicioso, daban ganas de desentenderse de lo que ocurría en la cancha.
El seleccionado quebró por un rato su abulia cuando encontró el gol: impetuoso arranque de Ortega y Simeone, rechazo defectuoso de Nanami y negocio para Batistuta. Fue el despertar del goleador: minutos después, un cabezazo suyo fue devuelto por un poste y López no pudo definir.
Se dirá que la Argentina no pasó mayores sustos en defensa, salvo cuando a Simeone le dolíeron mucho los pelotazos que a su espalda buscaban la proyección de Narahashi. Se contesta que Japón no se decidió a atacar ni aun en desventaja.
Sólo empujó un poco por la inercia del final, luego de que la Argentina dejó pasar los minutos y la definición. La media hora de Balbo, en su vuelta al seleccionado, lo mostró como un extraño más del equipo. No hubo derroche de oportunidades; apenas una de Simeone y otra de Ortega. Mientras Akita, con un cabezazo cruzado, agitó el sufrimiento.
Con el final, los jugadores se abrazaron por el triunfo, pero el rendimiento no invitó a vivirlo desde afuera con efusividad.
La Argentina pasó por la tierra que, dicen algunos, vio nacer a Carlos Gardel. Y si quiere entrar en la leyenda futbolística, cada día tendrá que jugar un poquito mejor.

GOLES:
1er tiempo: 28m, Batistuta